Creo que tenemos que felicitarnos… sin que eso suponga echar ninguna campana al vuelo. Mi opinión ante el acontecimiento del día, que recoge Irra en su post, queda muy bien resumida en las palabras del vicepresidente segundo del Gobierno: “lo más importante es la noticia en sí misma”. El envoltorio de la noticia, el mensaje de la banda, es, quizá, el que cabía esperar. No se pueden pedir peras al olmo…
Tengo para mí, también, otro motivo de satisfacción: al parecer, las reacciones que se están produciendo están marcadas por la prudencia. Es quizá la “hora de la gran política”, entendiendo la política como el “arte de lo posible”, y la gran política, así entendida, es tema delicado, en el que no caben muy bien las declaraciones altisonantes y los venablos verbales.
Sin embargo, esos motivos de satisfacción no ocultan los problemas inmensos a los que se enfrentan los políticos y ante los que los ciudadanos carecemos de “margen de maniobra”, convertidos en espectadores del ruedo político. En mi opinión, y casi sobre la marcha, veo, como telón de fondo general, la cuestión de la autodeterminación del País Vasco. Están, además, las víctimas del terrorismo etarra. Están, también, los delincuentes de la banda.
El origen de la banda terrorista que hoy proclama el “alto el fuego” está en la dictadura del general Franco. La intransigencia de aquel régimen en cuestiones tan básicas como el uso de la lengua materna promovió la incomodidad de quienes tenían como medio habitual de comunicación y de pensamiento “su” lengua. A ello se unió la represión policíaca intensa y violenta, mayor, sin duda, que en el resto del país. Fue un magnífico caldo de cultivo para el surgimiento de la banda criminal. La continuación era “natural”: pensemos, por un momento, en la interpretación que los bandoleros hacían de su papel: eran guerrilleros por la libertad y la independencia de su pueblo… Algo así como los madrileños del 2 de mayo frente a los franceses… La dosis de heroísmo estaba servida y el heroísmo mezclado con el patriotismo era un motivo de atracción impresionante para los jóvenes, en especial los de los caseríos de Guipúzcoa. Digo esto porque, en mi opinión, es imposible combatir a un adversario a quien no se conoce.
Si el pregonado “alto el fuego” es tal, hay que pensar que, en opinión de los bandoleros, se ha agotado la viabilidad de la lucha armada, pero eso no excluye ni invalida los motivos de esa lucha de 40 años, como deja muy claro su comunicado: la “autodeterminación”, con el objetivo final de la independencia (como si en un mundo globalizado pudiese hablarse de tal). Es decir, en la dinámica ideológica de la banda, se detiene la guerra para abordar los objetivos mediante la acción política, porque “guerra” es lo que, según loa bandoleros, estaban haciendo. En este sentido, me merecen especial atención las aclaraciones lingüísticas de 20 minutos. Nos dejan claro, muy claro, lo que ETA piensa de sus acciones. Sin embargo, no nos engañemos, tal pretensión es inadmisible: basta con acudir al “derecho de guerra” vigente y las salvaguardias que, con respecto a la población civil en él se establecen. En este caso, si es que, a estas alturas, tiene algún sentido la distinción, gran parte de las víctimas es “civil” y la que es “militar” careció en todo momento de las protecciones establecidas. No. A pesar de todo, las fechorías de ETA no pueden considerarse “actos de guerra”, sino delitos en sentido estricto.
Para sustentar las reivindicaciones de autodeterminación, hablan de “derechos históricos”… Soy experto en no serlo en nada, pero no conozco texto jurídico ni histórico alguno que avale tales presunciones. Si lo hay, me gustaría mucho conocerlo. Si no lo hay, la expresión es absurda, y mucho me temo que así sea. Lo que realmente se pretende, entonces, no es la consecución de un “derecho histórico”, sino el establecimiento de un “nuevo derecho”, factible, puesto que el derecho es cosa humana y, como tal mutable, pero, en ese caso, sería caprichoso limitar la opinión y la decisión a las gentes residentes en los territorios reivindicadores, habida cuenta que todos nos veríamos implicados en ese “nuevo derecho”. Es decir, en mi opinión, aquellas pretensiones carecen de fundamento en cuanto “históricas”, lo que no quiere decir que sean ilegítimas per se. Así pues, en mi opinión, las reivindicaciones de autodeterminación de conjuntos importantísimos de personas del País Vasco (y de Cataluña, por añadidura) son negociables, pero “negociables” no quiere decir “de obligado cumplimiento”, entre otras cosas porque hay que pensar también en los conjuntos, también importantísimos, de personas que no quieren esa independencia, ni siquiera la autodeterminación… Y no podemos olvidarnos del resto de los españoles, puesto que cualquier decisión que acabare tomándose, de cualquier signo, a todos nos afecta: no es una “cuestión local”, como a veces quieren “vendernos”.
No es fácil la solución. Es política y, en política, los maximalismos no pasan de simplezas.
Ahora bien, en mi opinión, esas reivindicaciones son, en este momento, secundarias. Sobre la mesa están las víctimas del terrorismo de los pistoleros, por una parte, y los mismos miembros de la banda, por otra, como elementos más visibles del vasto problema inmediato. La yuxtaposición de la mención no es, de ninguna manera, equiparación.
Las víctimas temen, y no sin razón, probablemente, que se las utilice como moneda de intercambio político, que el “alto el fuego” sea sólo una treta, que todo constituya un monstruoso chantaje. Por lo que se me alcanza, reivindican justicia… Yo me temo que la justicia, en cuanto tal, es imposible e inalcanzable, porque la justicia no pasa de ser un desideratum quebrado con el atentado inicuo, sin vuelta atrás. Quizá la petición más ajustada sea la de que se cumpla la ley (que no es poco).
¿Y qué trato ha de darse a los bandoleros que, en muchos casos son asesinos, en otros, extorsionadores, en otros más, atracadores? Nuestro Código Penal se propone la “reinserción social”, y no está mal. Pero también establece unas penas que han de cumplirse, máxime cuando ni siquiera se aprecia arrepentimiento, cuando no se pide perdón, cuando las víctimas son, en el mejor de los casos, “daños colaterales”. Dudo mucho que, si el perpetrador de esta clase de crímenes, con todas sus circunstancias agravantes, fuese yo, por ejemplo, alguien se plantease siquiera el indulto.
Ciertamente, es hora de la gran política. La papeleta no es fácil. Los problemas son grandes. Las soluciones, costosas. En mi opinión y en esta cuestión, los ciudadanos deberíamos apoyar decididamente a los gobernantes, sin que eso impida en absoluto el juicio crítico, sereno y sosegado de sus acciones.

















Me ha sorprendido no ver ningún comentario en este post. Me parece que la gente no quiere entrar a discutir este tema tan espinoso. En fin, la verdad es que la situación es tan jodida que no me gustaría ser el presidente del gobierno en este momento.
Que hacer?, será verdad que quieren dejar las armas o es que quieren volver a rearmarse como en la última tregua? En caso de que sea verdad, olvidamos todos los muertos que han dejado desde 1978 y firmamos la paz?, o por el contrario nos negamos a negociar con ETA? Si nos negaramos, puede que dentro de 20 años, alguien eche la vista atrás y diga, “y pensar que tuvimos la oportunidad de llegar a un acuerdo con ellos…”.
La decisión es dificil y hay posturas para todos los gustos, mejores y peores, radicales o suaves, lo que está claro es que los muertos no volverán y eso si que no tiene solución.
P.D.: Ya tenemos tema de conversáción para cuendo celebremos mi cumpleaños