Acabo de verlo en menéame y de comprobarlo en la página de la Asociación de Intenautas y no lo entiendo. Me parece que todas las personas e instituciones que intervienen en la creación cultural tienen derecho a vivir de su trabajo y no creo que nadie discuta esto. El trabajo creador -del tipo que sea- es pesado, lleva mucho tiempo, no tiene horas y no vale cualquiera para dedicarse a él. Evidentemente, eso ha de pagarse de alguna manera, porque, si no, los creadores tendrían que dedicarse a otros menesteres, puesto que ellos también tienen la manía de comer de vez en cuando.
Sin embargo, hay otro aspecto que no suelen contemplar quienes se dedican a proteger, entre otros, a los autores (pero más a otros): se supone que la obra creada se “emancipa” de su creador y pasa a tener una especie de “realidad propia” -que no “vida”- y mucho más en el caso del teatro. Si es cierto que la obra escrita, pintada, esculpida, edificada o filmada sería un sinsentido si no hubiese quien la contemplase, en el caso de las artes escénicas, la creación no está completa hasta que no se representan las obras. Los “representadores” también son creadores (¿acaso los actores no se llaman a sí mismos “artistas”?) y el teatro sin actores no es teatro.
Cuando, encima, nos percatamos de quiénes son los “multados” en este peregrino caso, la indignación supera todo límite. Los chupatintas de la SGAE, simplemente, se cargan la cultura, la cultura real, la de verdad. Así no se protegen derechos. Así sólo se llega a un estado policiacocultural.
ACTUALIZACIÓN: Al parecer, la Sociedad General de Autores ha reconocido su error, y va a devolver la cantidad cobrada a la Asociación Taller Cultural de Fuentepelayo y, lo mismo que comentamos el caso por su carácter negativo, es de justicia reseñar la rectificación.
















