Una calle cualquiera (no del todo bien iluminada, eso sí), a las 7 de la tarde. La acera es más bien estrecha. Se aprecia un obstáculo “previsible”:
Voy con una persona con grave déficit visual. De repente, vislumbro, detengo a la persona y…
¡Menos mal! Gracias a mi advertencia, la persona con grave déficit visual no ha acabado con la artísica obra canina que con tanto mimo ha dejado para la posteridad el dueño del animalito.
Me pregunto: ¿y por qué no pensamos un poquito en los demás?













