la taberna fantástica

Creo que el teatro no es solo literatura. Hasta que el escrito, la obra, no cobra vida en la representación anda a la pata coja. Y eso, quizá, es lo que le ocurrió a esta obra de Alfonso Sastre, escrita en 1966, pero no estrenada hasta 1985. La representación de la misma corre a cargo del Centro Dramático Nacional y es una lástima que esté tan poco tiempo en el cartel del Teatro Lope de Vega de Sevilla: del 19 (o sea, ayer) hasta el 22 de este mes.

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20090220-eEstá dirigida -magistralmente, en mi opinión- precisamente por la misma persona que la dirigió en su estreno: Gerardo Malla (a propósito, les recomiendo esta entrevista que aparece el La República Cultural) y en ella intervienen: Enric Benavent (El Caco), Celia Bermejo (La Vicenta), Paco Casares (El autor), Félix Fernández (El Machuna), Saturnino García (Ciriaco), Felipe García Vélez (El Carburo), Carlos Marcet (Luis, el Tabernero), Luís Marín (Loren, el Ciego de las Ventas), Francisco Portillo (el Guardia Civil 2), Antonio de la Torre (Rogelio, el Hojalatero), Paco Torres (el Guardia Civil 1), Julián Villagrán (Paco el de la Sangre), Miguel Zúñiga (El Badila). De ellos, Carlos Marcet, Félix Fernández, Saturnino García y Francisco Portillo también actuaron en la primera representación.

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La taberna “El Gato Negro” es el lugar en el que se desarrolla la acción, acción en la que se invita a participar al espectador nada más entrar en la sala: el telón no se alza ni se baja, la taberna está ahí y, cuando uno entra al teatro, se introduce en ella. Allí se van reuniendo los variopintos sujetos que componen la parroquia: gentes que poco tienen que ganar y nada que perder, aunque, poco a poco, surge la auténtica red que los une, red trágica, a pesar de la inicial apariencia sainetera. El decorado, la taberna, se enmarca en un fondo de grúas y edificios en construcción que no hace sino resaltar la miseria, también protagonista.

20090220-dSin duda, para un madrileño con unos cuantos años encima, la anécdota de las referencias que se hacen a lugares hacen que uno se “sitúe” mejor y que la obra llegue, si cabe, más al fondo, pero no es imprescindible. En realidad, “El Gato Negro” y lo que lo rodea, ubicados en las proximidades de la actual M-30, podrían estarlo en cualquier área depauperada de cualquier gran ciudad. Los personajes, gente sin esperanza, desechos sociales, abocados al fracaso, son, sin embargo, personas de carne y hueso, con sentimientos, pasiones, saberes y vida verdaderamente social.

En resumen, si la obra es buena -que lo es-, la representación me ha gustado mucho, destacando en especial el trabajo de Antonio de la Torre, Rogelio, “el Rojo”, sin que ello suponga demérito para el resto del reparto: su trabajo es -en mi opinión- soberbio. Sin duda, ha merecido la pena.

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