Sin duda, las pequeñas hormigas son un ejemplo de reciclaje:
Hay más vídeos en este enlace, que encontré en Oink!
Sin duda, las pequeñas hormigas son un ejemplo de reciclaje:
Hay más vídeos en este enlace, que encontré en Oink!
Las kyloe o vacas de las Highlands son una raza originaria del norte de Escocia. Tienen largos cuernos y un abundante pelaje, lo que las hace muy resistentes al frío del invierno. Además, no son muy exigentes en cuanto a la comida y se alimentan de hierbas que otras razas desprecian.


Hoy en día se pueden encontrar en otras partes del mundo, como Australia o Estados Unidos, a dónde fueron llevadas a principios del siglo XX.
Estas y otras imágenes en Wikipedia Commons.
Parece que el señor Abrams le ha cogido el gusto a jugar con el tiempo (y hasta el espacio). Si en Perdidos ha esperado cinco temporadas antes de retorcer la línea temporal, en su nueva serie, FlashForward, ha empezado desde el capítulo uno. Resumiendo (y no destripo mucho, porque ocurre en el principio del primer capítulo), cada una de las personas de la Tierra tiene una visión del mismo instante de tiempo situado seis meses en el futuro. De hecho, el protagonista de la serie se ve a sí mismo trabajando en este misterioso hecho, por lo que rápidamente se embarca en dicha investigación usando las pistas que ya estaba usando en su visión del futuro. Eso es una patada al principio de causalidad antes de que transcurran los diez primeros minutos de una serie de, supongo, muchas temporadas.

En FlashForward, lo que ha viajado en el tiempo es la información. Con esto, lo que tendrían que ser efectos de las acciones de los habitantes de la Tierra, se convierten en causa de sí mismos. Es decir, la línea temporal hace un bucle por el que los hechos del pasado son efectos de sus propias causas en el futuro, con lo que se convierten en causas de sí mismos. A partir de aquí, los guionistas pueden ceñirse a un universo determinista, en el que todo está escrito y nada puede cambiarse, o enfrentarse a las muchas paradojas que se van a producir cuando hechos del pasado imposibiliten efectos en el futuro, que a su vez eran causa de esos mismos hechos del pasado.
En el primer caso, puede ser divertido ver como los protagonistas luchan por cambiar el futuro que han visto para descubrir que no pueden, porque cualquier acto que produzca una paradoja simplemente no puede ocurrir, como predice el Principio de consistencia de Novikov. En el segundo, cualquier cosa será posible, entraremos en el terreno de las líneas temporales que se mueven entre universos posibles y, si Abrams ha leído a Greg Egan, incluso podría aparecer alguien capaz de manipular el colapso de la función de onda.
De lo que estoy bastante seguro es que durante todo el tiempo que dure la serie no vamos a enterarnos de lo que pasa, igual que ocurre con Perdidos y, en menor medida, Fringe. Supongo que algún día nos cansaremos del señor Abrams… o no.
A la altura de saber que el niño de Mary Poppins está muerto ha sido el demoledor hecho que he descubierto hace poco. Todos los que podemos ubicar nuestra infancia antes del estreno de Jurassic Park seguro que recordamos al que por entonces era el titán de los dinosaurios, el Brontosaurio o “lagarto del trueno”, protagonista de muchas películas hechas con stop motion y que hoy tienen menos calidad que el peor de los vídeos de YouTube. Seguro que a la mente de muchos habrá venido una imagen de un dinosaurio de tamaño colosal, con largo cuello y una enorme cabeza, con medio cuerpo sumergido en un pantano.
Pues es hora de borrar esa imagen de la mente, porque el Brontosaurio nunca existió. Al menos, no exactamente. A finales del siglo XIX, dos famosos paleontólogos que no se llevaban demasiado bien, se embarcaron en una competición muy poco científica en la que ganaría aquel que descubriera un mayor número de especies de dinosaurios. Uno de ellos, Othniel Charles Marsh, descubrió restos de un dinosaurio de unos 15 metros de longitud al que nombró Apatosaurus. Un par de años después, en 1879, Marsh publicó otro artículo en el que describía los restos de un nuevo dinosaurio, de unos 23 metros de longitud, al que bautizó como Brontosaurus.

Desde ese momento, se convirtió en el dinosaurio más grande conocido, por lo que en 1905 se mostró al público la que fue la primera reconstrucción del esqueleto de un saurópodo, el brontosaurio. Muchos de los huesos que no se encontraron durante las excavaciones fueron reemplazados por huesos de especies similares al brontosaurio, incluido el cráneo. Pero dos años antes de esta exhibición, el paleontólogo Elmer Riggs ya había puesto en entredicho el “hallazgo” de Marsh. Tras varios estudios, concluyó que los restos del Apatosaurus descubiertos unos años antes que los restos del Brontosaurus, en realidad pertenecían al mismo género y los primeros eran de un ejemplar joven. Determinó entonces que Apatosaurus y Brontosaurus quedarían como sinónimos para dicho género, aunque Apatosaurus prevalecería al haber sido nombrado en primer lugar.
Es decir, que durante más de 100 años la fama del brontosaurio ha ido creciendo en el imaginario colectivo mientras que el apatosaurio ha quedado relegado en un discreto segundo plano. Pero no es sólo una cuestión de nombre, ya que el cráneo que usaron para la reconstrucción de su esqueleto era de un Camarasaurus, mucho más grande que el grácil cráneo del Apatosaurus. De hecho, la representación que se hace actualmente del animal es mucho más estilizada y al parecer no vivía en zonas pantanosas, sino que prefería llanuras con abundante vegetación.
En fin, otro mito más destruido…

Conocía la versión clásica e incluso la versión de Los Simpsons, pero esta nueva definición de la cadena alimentaria que he encontrado en frkncngz me ha parecido mucho más completa.