
Otra vez he ido al teatro, al Lope de Vega de Sevilla (otro día, quizá les hable de este precioso e incomodísimo teatro). La obra: El método Grönholm, de Jordi Galcerán (a la derecha). Dice el autor que la obra se gestó en mayo del 2003 en unos talleres del Teatre Nacional de Catalunya. Las expectativas: que se representara durante dos semanas en un ciclo de nuevos dramaturgos. La obra se inspiró en una anécdota que, aunque sea ya muy conocida, quizá merezca la pena recordar: en una papelera de Barcelona, se encuentra una serie de documentos en los que alguien del departamento de personal de una cadena de supermercados había anotado sus impresiones sobre las posibles candidatas a un puesto de cajera, impresiones marcadas por expresiones de indiscutible mal gusto y peor educación, claramente vejatorias. El alguien en cuestión, escudado en su función, con el poder de otorgasr o negar un puesto de trabajo, abusaba impunemente de las personas que se presentaban para tratar de conseguir un puesto de trabajo. Dice Galcerán:
La trama de El método Grönholm es sencilla: una multinacional reúne a cuatro candidatos, que ya han pasado por unas cuantas pruebas de un proceso de selección. Aspiran a una plaza de importancia. Las pruebas rayan en el absurdo, aunque, como dice el autor, están inspiradas en técnicas reales de selección de personal y la obra se limita a llevarlas al extremo, sin prescindir del aspecto cómico (real) de las mismas. Como es bien sabido, hay una película (El método), estrenada en 2005, inspirada en la obra teatral, que, con la misma base argumental, la interpreta en un tono diferente, más dramático.
La representación de la obra en Sevilla está dirigida por Tamzin Townsend, directora británica afincada desde hace años en Barcelona, y, en mi opinión, que, evidentemente, no puede contar demasiado, su labor es impecable.
El decorado es simple: dos butacas y un sillón en medio de una estancia. La iluminación es buena y, salvo al principio y al final de la representación, es constante. En ese espacio se va a desarrollar toda la acción, en la que, como puede suponerse, los diálogos, los silencios, los gestos, son fundamentales.
En la función sevillana, el reparto está constituido por Jorge Bosch, como Fernando; María Pujalte, como Mercedes; Jorge Roelas, como Enrique, y Eleazar Ortiz, como Carlos.

A mi modo de ver, los abundantes aplausos finales, hicieron justicia a la labor interpretativa de los cuatro, que saben imprimir a cada personaje su carácter especial. En conjunto es una comedia con tintes dramáticos que entretiene, divierte y, al final, obligan a plantearse al espectador hasta qué punto es aceptable esa manipulación a la que unos presuntos expertos someten a las personas para… ¿seleccionar?
En mi caso, tuve, además, la ocasión de presenciar una escena más bien surrealista. ¿Se imaginan, en una representación de este calibre, tener en la butaca de al lado a una espectadora de unos 7 u 8 años? ¿Se imaginan que no sea la única espectadora de una edad similar? Pues sí, acompañadas de papás y abuelitos, por lo menos. No me atreví a preguntar a mi compañera qué le había parecido la obra. Sí es cierto que, cuando empezaron los aplausos, la niña se incorporó y comenzó a aplaudir como posesa… Sin duda, un espectáculo añadido que no se ve todos los días…
En definitiva, si son personas adultas merece la pena que vean esta representación. No es una obra infantill, de ninguna manera (aunque, a lo peor, soy un carroza un pelín descerebrado, qu no entiende nada, claro). En Sevilla estará hasta el 16 de diciembre. No sé cómo irá la venta de localidades. Las entradas se pueden adquirir en las propias taquillas del teatro, de 11 a 14 y de 18 a 21 horas (excepto lunes). También se pueden comprar por teléfono (954 590 867) y por internet en www.generaltickets.com.




Hace unos días (no lo he dicho antes porque el servidor decidió hacer huelga), tuve la fortuna de ver