Leo una biografía de Enrique VIII de Inglaterra, personaje histórico por demás interesante. El título del libro es: Enrique VIII, el rey y la corte, traducción de Jordi Beltrán Ferrer, publicada por Ariel (ISBN: 9788434466647), del libro: Henry VIII, King and Court, original de Alison Weir, publicado por Random House (ISBN: 9780712664516).
En la página 65 de la traducción al español me encuentro con esta frase:
A D. Jordi Beltrán, traductor, no le extraña que los tapices se guarden en prensas… manías de la corte de Enrique VIII… D. Jordi no mira un diccionario. Pero resulta que el Merriam-Webster, por ejemplo, reconoce que la palabra inglesa press, no solo significa “prensa”, sino también (acepción 3.ª) CLOSET, CUPBOARD, o sea: “armario”… ¿A que pega más?
Es un ejemplo. Podríamos poner muchos más: el profesor universitario que les dice a sus alumnos que “Fulano tiene mucha inguenuidad“, porque no se ha percatado de que el ingenuity inglés quiere decir “ingenio”. O el periodista que nos advierte que “eventualmente se firmará el tratado”, porque no se ha molestado en averiguar que eventually quiere decir “más tarde”, “al final” (pero con seguridad)…
El título del post es un plagio; es el plagio del título del artículo de Josep Maria Espinàs en El Periódico de Catalunya. Espinàs, el señor de aquí a la derecha, es un poco de todo: escritor, periodista, traductor… hasta cantautor en tiempos y, sin duda, sabe lo que dice y lo dice bien.
Como en relación con el ejemplo de arriba, yo me meto mucho con las traducciones, lo que no significa en absoluto que desconozca la dificultad que encierra una buena traducción, sino precisamente por ello.
Suscribo el artículo de marras de cabo a rabo. Una traducción es una especie de interacción a cuatro bandas, como mínimo: el autor, el objeto (libro, artículo, etc.), el traductor mismo, el objeto detivado (libro, etc.) y el público lector. En esa interacción, el traductor tiene que ejercer, además, de mediador: ha de conocer el idioma de partida, también el de llegada, la materia de que se trate, el estilo y género literario y, por supuesto, en la medida de lo posible, el público al que se dirige. Por eso es tan difícil traducir…
Javier Marías, en su discurso de ingreso en la RAE, decía:
Yo creo que sí se puede traducir dignamente y que se puede transmitir el contenido y una aproximación a la forma, incluso, del original, pero no es una labor fácil y merece la pena reconocer un buen trabajo. Por eso creo también que los lectores deberíamos interesarnos más por quién sea el traductor de cada obra. Los editores pasan olímpicamente del asuntro, pero los lectores deberíamos tomar conciencia de que, cuando leemos una traducción, no leemos el original, sino que nos fiamos de alguien que presume trasladarnos lo que decía el autor. Sería una buena forma de conservar a los buenos traductores, desechar a los malos y, de paso, evitar la invasión de espanglis que padecemos…
En fin, no son más que opiniones…













Traducir un libro es un arte y por tanto el que lo hace debe hacerlo bien; como bien has dicho, nos fiamos de que haya traducido con la máxima fidelidad posible, no vamos a perder muchos matices ( alguno se pierde inevitablemente) y no nos vamos a encontrar fallos garrafales. Ha habido libros que he dejado de leer por una mala traducción y eso es una pena.